miércoles, 26 de enero de 2011

f) Testimonio.¿cómo se vivió?

Testimonio de Liudmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko, por Svetlana Alexievich.
http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Voces/Chernobil/anos/despues/elpdomrpj/20060409elpdmgrep_8/Tes
"Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de compras. Siempre juntos. Yo le decía: "Te quiero". Pero aún no sabía cómo le quería. No me lo imaginaba. Vivíamos en la residencia de la unidad de bomberos, donde él trabajaba[…]En medio de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio: "Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vendré pronto".No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero. Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín era porque ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaba, igual que sobre resina. Sofocaban las llamas, y mientras, él reptaba. Subía al reactor. Tiraban el grafito ardiendo con los pies. Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó; los llamaron a un incendio normal.Las cuatro. Las cinco. Las seis. A las seis nos disponíamos a ir a ver a sus padres. A plantar patatas. De la ciudad de Prípiat hasta la aldea de Sperizhie, donde vivían sus padres, hay 40 kilómetros. A sembrar, arar. Era su trabajo favorito.
A veces me parece oír su voz. Oírle vivo. Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero no me llama nunca. Y en sueños, soy yo quien lo llamo.
Las siete. A las siete me comunicaron que estaba en el hospital. Corrí allí, pero el hospital ya estaba acordonado por la milicia; no dejaban pasar a nadie. Sólo entraban las ambulancias. Los milicianos gritaban: los coches están contaminados, no os acerquéis. No sólo yo, todas las mujeres vinieron, todas cuyos maridos estuvieron aquella noche en la central.

Lo vi. Estaba hinchado, inflado todo. Casi no tenía ojos. "¡Leche! ¡Mucha leche!", me dijo mi amiga. "Que beba tres litros al menos". "Él no toma leche". "Pues ahora la tiene que beber".

Muchos médicos, enfermeras y especialmente las auxiliares de este hospital, al cabo de un tiempo, se pondrían enfermas. Morirían. Pero entonces nadie lo sabía.Le pregunto: "Vasia , ¿qué hago?". "¡Vete de aquí! ¡Vete! Esperas un niño". Estoy embarazada, es cierto. Pero ¿cómo lo voy a dejar? Me pide: "¡Vete! ¡Salva al crío!". "Primero te he de traer leche y luego veremos".[...]Entretanto la ciudad se llenó de coches militares, se cerraron todas las carreteras. Se veían soldados por todas partes. Dejaron de circular los trenes de cercanías, los expresos. Lavaban las calles con un polvo blanco. Me sentí alarmada: ¿cómo iba a llegar al día siguiente al pueblo para comprarle leche fresca? Nadie hablaba de la radiación.


Sólo los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba el pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los estantes había pasteles. La vida seguía como de ordinario. Lavaban las calles con un polvo.[...]Por la noche no me dejaron entrar en el hospital. Un mar de gente alrededor. Yo me encontraba frente a su ventana; él se acercó a ella y me gritó algo. ¡Se le veía tan desesperado! Entre la muchedumbre alguien entendió lo que decía: aquella noche se los llevaban a Moscú. Las esposas se arremolinaron todas en un corro. Decidimos: vamos con ellos. ¡Dejadnos estar con nuestros maridos! ¡No tenéis derecho! Quisimos pasar a golpes, a arañazos. Los soldados, los soldados ya habían formado un cordón de dos filas, y nos impedían pasar a empujones. Entonces salió el médico y nos confirmó que se los llevaban aquella noche en avión a Moscú, que debíamos traerles ropa; la que llevaban en la central se había quemado. Los autobuses ya no iban, y fuimos a pie, corriendo a casa. Cuando volvimos con las bolsas, el avión ya se había marchado. Nos engañaron a propósito. Para que no gritáramos, ni lloráramos[..]


El fallecimiento:
Una noche estoy sentada a su lado en una silla. A las ocho de la mañana: "Vasia, salgo un rato. Voy a descansar un poco". Él abre y cierra los ojos: me deja ir. En cuanto llego al hotel, a mi habitación y me acuesto en el suelo -no podía echarme en la cama, de tanto que me dolía todo-, que llega una auxiliar: "¡Ve! ¡Corre a verlo! ¡Te llama sin parar!". Pero aquella mañana Tania Kibenok me lo había pedido tanto, me había rogado: "Vamos juntas al cementerio. Sin ti no puedo". Aquella mañana enterraban a Vitia Kibenok y a Volodia Právik[...]


Vuelvo del cementerio, llamo a toda prisa a la enfermera: "¿Cómo está?". "Ha muerto hará unos quince minutos". ¿Cómo? Si he pasado toda la noche a su lado. ¡Si sólo me he ausentado tres horas! Estaba junto a la ventana y gritaba: "¿Por qué? ¿Por qué?". Miraba al cielo y gritaba. Todo el hotel me oía. Tenían miedo de acercarse a mí. Pero me recobré y me dije: ¡Lo veré por última vez! ¡Lo iré a ver! Bajé rodando las escaleras. Él seguía en la cámara, no se lo habían llevado.

Sus últimas palabras fueron: "¡Liusia! ¡Liusia!". "Se acaba de ir. Ahora mismo vuelve", lo intentó calmar la enfermera. Él suspiró y se quedó callado[...]
"

ALEXIEVICH,Svetlana,09/04/2006, "voces de Chernóbyl 20 años después",El País.

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